Tras la COP 25 lo que nos queda en Madrid es una naturaleza “cabreada”, y la mejor disposición para restaurarla.

La COP25 puede hasta cierto punto sintetizarse en una frase dicha en la Comunidad de Madrid: “…una cosa deseo ver acabada, y es lo que toca a la conservación de los montes y aumento de ellos, que es mucho menester, y creo que andan muy al cabo. Temo que los que vinieran después de nosotros han de tener mucha queja de que se los dejamos consumidos, y plegue a Dios que no lo veamos en nuestros días…” El autor no es ninguno de los activistas, científicos o políticos que han pasado a lo largo de las dos semanas de la cumbre climática de Madrid. Es del rey Felipe II allá en el 1582, cuando contemplaba el final de las obras del Monasterio en el que habría de habitar el resto de su vida desde su silla en el monte de La Herrería, en El Escorial. A la vista de la desolación que sentía el rey por el entonces ya deplorable estado de nuestros bosques ibéricos comenzarían las primeras repoblaciones y limitaciones a la extracción de madera a fin, entre otras cuestiones, de dar sostenibilidad a la producción naval.

La deforestación en la Comunidad de Madrid había comenzado con la extensión de la agricultura en la alta edad media y las quemas de los bosques durante la reconquista (nada como desemboscar para evitar una emboscada), y se había extendido ampliamente por Castilla con la poderosa Mesta ganadera, a la que había que añadir que en tiempos de Felipe II los barcos requerían cada vez “más madera”. Nuestras toponimias nos delatan. A la izquierda de la Autopista A6 sentido La Coruña, los pueblos hablan de un pasado deforestador (¿Será coincidencia el nombre de Mataelpino?), de “Majadas hondas” en las cuales reposar el ganado que a su vez requerían de “Villas nuevas de la Cañada” para el reposo de los trashumantes, y de sus inevitables consecuencias: la vegetación rozada (es decir cortada sin eliminar la raíz) o eliminadas hasta no dejar más que algunas matas en el suelo desnudo de vegetación (véase sin aún no se apercibió el lector los pueblos de Las Rozas o Las Matas). A la derecha de la autopista se ha mantenido gracias a su titularidad real a lo largo de los siglos como territorio de caza, el fantástico encinar del monte de El Pardo. ¿Tendrá este nombre su origen en el color de las “polvorientas encinas” como las llamaba Antonio Machado al atardecer frente a los eriales circundantes? Este reducto de bosque al noroeste de nuestra ciudad muestra lo que debió ser la vegetación original de una gran parte de la Comunidad de Madrid hoy desaparecida. Y junto a la transformación de los campos, vino la de los humedales, ¿alguien ha visto las lagunas de Valdelaguna o Torrelaguna en las que quizá si hacemos caso a la leyenda del dragón del vecino pueblo de Uceda debió vivir uno de los últimos saurios acuáticos de la península ibérica?

Por ello no ha de extrañarnos que la naturaleza de la Comunidad de Madrid esté fundamentalmente “cabreada”, que etimológicamente significa que ha pasado una cabra por ella y se ha comido lo que podía de la planta. De hecho, hoy muchas de nuestras encinas madrileñas muestran un dimorfismo foliar (ver figura). Las encinas “cabreadas” tienen hojas que pinchan, un porte arbustivo y no dan fruto. Las encinas “no cabreadas” tienen un porte arbóreo, su hoja tiene bordes redondeados y en muchas de sus copas abundan las bellotas.

En el fondo no somos tan diferentes de la naturaleza. Si viene un cabrito y te mordisquea todas tus hojas durante un año una y otra vez, pues uno se cabrea y acaba transformando su vida en una estrategia defensivas frente a este macho cabrío, también llamado cabrón que viene a aprovecharse de tu trabajo y a no dejarte vivir en paz. Porque ni una encina, y me atrevería a decir, una persona normal puede crecer, dar frutos y reproducirse cuando vive sometido a la presión de un cabrito dispuesto a arrancarte y quedarse lo que construyes para vivir. En síntesis, los cabreos prolongados llevan a los ecosistemas vegetales y humanos a un estado de resistencia que les aboca a su transformación en eriales.

Si de algo ha servido la COP25 es para ayudarnos a volver nuestra mirada a un mundo que como el de Felipe II ya es tan grande que en él “nunca se pone el sol”, y a afirmar con el monarca, de que, si no hacemos nada los ciudadanos de a pie, las empresas y las administraciones locales, “los que vinieran después de nosotros han de tener mucha queja de que se lo dejamos consumidos”. Nuestra naturaleza está muy cabreada tras 1000 años de presión, pero hoy por primera vez en la historia tenemos el deseo y la capacidad de revertir este proceso histórico y volver a soñar con una naturaleza restaurada es decir “íntegra, estable y bella”. Necesitamos educación. Pero no una educación que nos diga todo lo que no debemos hacer para no caer en un desastre. Necesitamos hoy en España aprender a soñar. Hablamos de memoria histórica, pero aún no tenemos memoria histórica ecológica. Me atrevo a estimar que más del 90% de los españoles ya han olvidado que el nuestro fue un país en cuyas costas mediterráneas vivían miles de focas monje, que hubo un bucardo que fue la cabra reina del Pirineo, que existió un lobo andaluz o que en Canarias paseaban por la playa ostreros negros, especies todas ellas que convivieron con nosotros hasta extinguirse hace unas pocas decenas de años (a diferencia de aquel posible caimán mitológico de las cárcavas y lagos frente a Torrelaguna cazado según la leyenda en el siglo XVI). Aún no hemos aprendido a echarlos de menos… Y esta es la educación que necesitamos, la que parte de la nostalgia de la integridad y belleza de la naturaleza, más allá de las consecuencias de la alteración de un ciclo concreto, por mucho que sea tan peligroso a largo plazo como el del carbono. Hoy nuestros jóvenes saben todo de sexo y poco de amor. Y parece que seguimos el mismo camino con el medio ambiente. Se nos enseña a actuar con prevención para no generar consecuencias indeseadas pero no se nos enseña a contemplar, amar y comprender la complejidad, sutilezas, diversidad y encanto de nuestros ecosistemas. No se nos enseña a mirarlos y enamorarnos de ellos, y menos aún a comprender porque están incompletos y qué necesitan para florecer. Tan sólo educamos con el objeto de evitar que un día se levanten aún más cabreados.

Y junto con la educación, la acción. El empuje de la COP25 puede ser el gran momento que necesitamos para replantearnos nuestras infraestructuras, fundamentalmente en dos sentidos: Crear infraestructura “verde”, y reverdecer nuestras infraestructuras “grises”.

La primera, la infraestructura verde puede definirse en términos generales, como una red estrategicamente planificada de zonas naturales y seminaturales de alta calidad con otros elementos medioambientales, diseñada y gestionada para proporcionar un amplio abanico de servicios ecosistémicos (tales como agua o aire limpios) y proteger la biodiversidad tanto de los asentamientos rurales como urbanos. Ejemplo de ellas pueden ser los corredores ecológicos, especialmente aquellos que sirven para unir poblaciones de mamíferos forestales como las ardillas, que suelen ser los más exigentes. De las 800.000 hectáreas de la Comunidad de Madrid tenemos al menos 200.000 hectáreas que son susceptibles de ser restauradas. Debemos crear más corredores ecológicos. Bien es cierto que un parque no es un bosque, ni una repoblación es aún un ecosistema, pero es su inicio. ¿Por qué no soñar con un Madrid tan verde como el propio Monte de El Pardo? Para ello casi bastaría con tomarnos muy en serio las directrices de infraestructura verde que nos van a ir viniendo de Europa.

La segunda gran tarea es abordar tecnológicamente el reverdecimiento de las grandes infraestructuras grises. Tenemos 2.500km de carreteras que sólo sirven para transportarnos de un sitio a otro y que anualmente reciben una irradiación solar de 2300Kwh/m2año (visibles cuando se derrite el asfalto en verano). A grandes números si el consumo medio de un hogar en España está en torno a los 10.000kWh y asumimos un ancho medio de carreteras de 10 metros resulta que con los 2.300kwh/m2 *25.000.000m2 asfaltados en la comunidad de Madrid se puede abastecer plenamente a casi 6 millones de hogares, es decir cuatro veces más de los que hoy existen en nuestra Comunidad (es decir bastaría casi con las autovías radiales que apenas usamos para dar energía pública a gran parte de la ciudad de Madrid). Nuestras carreteras pueden volverse inteligentes, recargar a los vehículos, y llevar en sus laterales tendidos eléctricos para no sólo captar si no transportar energía. Nuestros miles de metros cuadrados de tejados pueden generar electricidad no sólo por energía solar, sino también a través de microgeneradores eólicos caseros de eje vertical que son eficientes a bajas velocidades de viento. Y esto son solo un par de pequeños ejemplos. No es ciencia ficción: En Holanda han creado vías que soportan 12 toneladas de vehículo, de un piso tan seguros como el asfalto y con una producción de 70Kwh/m2 a partir de paneles solares encastrados entre vidrio silicona y cemento. Los primeros metros se han instalado en carriles bicicleta.

Madrid emite 20 millones de toneladas equivalentes de CO2 al año. No vamos a poder compensarlas todas con reforestaciones. Del mismo modo pasarán años hasta que los tejados, calles y carreteras se conviertan en captadoras y distribuidoras inteligentes de energía. Pero hay algo que si podemos hacer. Podemos desplegar las velas con el impulso que ha supuesto la COP25. Y aquí cabemos todos. Podemos invitar a nuestras administraciones públicas, a las Consejerías de Medio Ambiente, Innovación, Vivienda a que lancen una estrategia de cambio climático con al menos tres pilares para Madrid: el primero de educación ambiental, el segundo de infraestructura verde a ejemplo de otras comunidades o el propio ayuntamiento de Madrid, y el tercero y más ambicioso, convertir Madrid con la ayuda de administración central y ayuntamiento en la capital mundial de la innovación verde potenciando el emprendimiento ambiental y probando las innovaciones en las infraestructuras de la Comunidad.

Tras la COP 25 lo que nos queda en Madrid es una naturaleza “cabreada”, pero también la mejor disposición para restaurarla. Lograrlo es una tarea para unirnos a todos. “Make Madrid Green Again? “Yes, we can.”

Pablo Martínez de Anguita

Director de la revista