En España hay cerca de 3.000 pueblos o aldeas abandonadas. Por otra parte de los más de 8.000 municipios que conforman España, más de 1.200 tienen menos de 100 habitantes. La población española decreció en las comunidades autónomas en las que se hallan la mayor parte de dichos pueblos abandonados o al borde de su extinción (en 2016 en Castilla y León, Galicia, Castilla–La Mancha, Extremadura, Principado de Asturias, Aragón, Cantabria y La Rioja), mientras que aumentó en el resto de comunidades autónomas. Este año en España han muerto 30.000 personas más de las que han nacido, lo que unido al continuado éxodo rural aboca a que los pueblos pequeños en general estén prácticamente destinados a desaparecer. Por otra parte durante el mismo año 2016 España registró un saldo migratorio positivo de 89.126 personas, que han ido fundamentalmente a ciudades y pueblos grandes en los que los inmigrantes aspiran a encontrar con el tiempo un trabajo legal, si bien muchos de ellos no pueden lograrlo pues carecen de “papeles”. En el año 2017, el Ministerio de Interior contabilizó que habían llegado 27.253 inmigrantes ilegales que han tendido a acabar en nuestras ciudades.

Si bien hay que evitar el efecto llamada, la inmigración puede ser una contribución al despoblamiento rural y a la inversión demográfica. Una hectárea de huerta puede generar ingresos para más de una familia. Se pueden rehabilitar casas locales y volver a llenar colegios que van a cerrar con niños (y con adultos que requieren aprender español entre otras habilidades). Pero ,¿cómo favorecer que nuevos inmigrantes se instalen en áreas rurales en las que no hay trabajo en lugar de ir a las ciudades donde parece haberlo? El mundo rural puede ser una alternativa para quienes no tienen permiso de trabajo o están en una situación irregular como ámbito de tránsito (si bien algunos se quedarán después) y una hectárea bien cuidada de huerta puede dar para un pequeño sueldo mensual.

Se pueden identificar pueblos que quieran y sean aptos para ser revitalizados con inmigración. En estos pueblos podría crearse una moneda local (de tipo complementaria) al ejemplo de la Bristol Pound  con la que intercambiar bienes y servicios locales y pagar el trabajo de las personas que no pueden firmar contratos ni trabajar legalmente. De este modo se activaría la economía local y se reducirían la presión de gasto del Estado para asentarlos. Si los inmigrantes pueden ganarse la vida en moneda local, si saben que en su pueblo con dicha moneda local pueden comprar y vender pero también son conscientes de que no les va a servir si se van a la ciudad, hay una razón sólida para permanecer.

Se definen las “monedas complementarias” como el conjunto de monedas que pretenden complementar las deficiencias del dinero legal, dinamizando el comercio local de proximidad y el autoempleo, optimizando también los recursos locales. Estas monedas sociales complementarias de ámbito local en el mundo rural  pueden facilitar este trabajo permitiendo el intercambio y la actividad entre miembros de una comunidad. Las monedas locales rurales pueden establecer una unidad de cuenta común, crear un espacio de confianza  y generar la posibilidad de que inmigrantes se desarrollen con dignidad trabajando por ahora al margen de los requisitos legales que implica tener un contrato legal de trabajo pero sin hacer un trabajo ilegal. ​ Entendida así, la moneda complementaria es un simple instrumento al servicio de un proyecto común para conseguir objetivos sociales concretos en el ámbito de las finanzas-economías solidarias.

Un inmigrante en situación irregular no hace nada internado en un centro de reclusión, no es útil para sí mismo ni para la sociedad, se degrada como ser humano y nos cuesta dinero. Dada nuestra tendencia demográfica, la inmigración debería ser considerada como una inversión y no como un gasto. Pero ello requiere invertir de un modo sensato. Esta “inversión” en inmigración enfocada a articular asentamientos de inmigrantes en pueblos en abandono requeriría, junto con la creación de monedas locales:

1.- Que las administraciones con el apoyo de ONGs puedan aportar organización, materiales para casas, formación técnica y educación, apoyo técnico para revitalizar huertas y cultivos locales entre otros (que incluso pueden llegar a exportarse fuera del pueblo  consiguiendo así  euros para “pequeñas importaciones” (telefonía móvil, desplazamientos fuera de ellos …).

2.- Que en dichos pueblos se pueden impartir cursos técnicos y de idioma español que se certifican al final con un valor reconocido para la integración futura de inmigrantes.

3.- Que dichos pueblos tengan un sentido de comunidad, tanto por el trabajo que social que se hace en ellos como por el origen de los inmigrantes que recibe. Si las personas que lleguen a estos pueblos tienen un origen común (un pueblo para inmigrantes de Sierra Leona, otros para Senegal etc…), el efecto llamada que pudiera haber se canaliza hacia el pueblo en el que el inmigrante perciba que podrá ser acogido por una comunidad que habla su idioma y tiene su cultura, en la que esté entre los suyos (combinando varias procedencias para evitar guetos).

Estos pueblos con su moneda local y la inversión social hecha en ellos generaría una población en “tránsito hacia una participación plena en la economía formal” desde una “informalidad” productiva y comunitaria local.

Por último, a estos pueblos se les puede vincular posteriormente una tendencia adicional. Los “Smart villages”, también llamadas aldeas inteligentes son territorios rurales en los que se crea un ambiente de calidad para el asentamiento de nuevos emprendimientos vinculados a la tecnología. Una vez asentada y operativa la comunidad inmigrante, se puede invitar a venir a vivir a otras personas de alto nivel adquisitivo convirtiendo los pueblos en “smart villages” en los que se desarrollan parques tecnológicos gracias a la fibra óptica rural. Con estos dos elementos puede generarse una revitalización rural de alta calidad de vida para ambos colectivos generando riqueza y ahora sí, trabajos plenamente legales y a cobrar en ambas monedas.

Se estima que un millón de inmigrantes esperan para cruzar desde Libia, Marruecos o Argelia y podrá haber otros cincuenta millones dispuestos a hacerlo todavía en sus países de origen. Obviamente lo aquí expuesto no es una solución global, además de ser arriesgada y compleja, pero es creativa. Y vamos a necesitar mucha creatividad, solidaridad, inversión e inteligencia para afrontar este nuevo reto en Europa y en España.

La revitalización de pueblos abandonados combinada con la creación de monedas complementarias locales puede ser una parte de la solución a dos problemas españoles.

 

 

Pablo Martínez de Anguita

33.501.192-J.