Torrelaguna es un municipio madrileño que roza los cinco mil habitantes. Si alguno de sus jóvenes quiere ir a la universidad y no tiene vehículo propio necesita dos horas de transporte público hasta llegar  la más próxima y otras dos horas para volver. Y es afortunado. Si el joven en lugar de vivir en Torrelaguna lo hiciera un poco más al Norte, en el hermoso pueblo de Prádena del Rincón también en la Sierra Norte de la Comunidad de Madrid, esta vez tardaría tres horas y media, eso sí, si cogiera el autobús (único)  de las 8 de la mañana y regresara en el de las 13 (también único), lo cual le permitirá a asistir a clase de 11 a 12. Y esto sucede en Madrid, la ciudad con mayor número de universidades y universitarios de Europa. Imaginemos en un pueblo en Soria. Esta apreciación no es en absoluto una crítica al sistema de comunicaciones ni al universitario de Madrid. Ambos son a mi juicio de lo mejor de España. Es una realidad que pone de manifiesto el desequilibrio educativo que hay entre el mundo rural y el mundo urbano.

En España existen 52 universidades públicas y 32 privadas que atienden adecuadamente a las necesidades educativas de la mitad de la población española. Pero solo a la mitad. A la mitad que vive en grandes núcleos urbanos o sus proximidades. Prácticamente el 100% de la población de ciudades de más de 100.000 habitantes disfrutan de una universidad en su municipio o en uno próximo. Sin embargo la población que tiene acceso a una universidad en su municipio desciende aproximadamente a menos del 10% en núcleos  inferiores a 100.000 habitantes y al 0% allí donde la población no alcanza los 5.000 habitantes. Sumando todos estos municipios tenemos del orden de 27 millones de españoles (casi el 60%).  Descontando a los que  viven en pueblos con fantásticas comunicaciones con las ciudades, siguen quedando muchos millones de personas que no pueden acceder a la universidad porque pertenecen al mundo rural.

Si nuestro joven de Torrelaguna quiere aun así ir a la universidad tendrá varias opciones. Podrá buscar un piso en Madrid o un colegio Mayor. Esto le costará entre 5.000 y 10.000 euros al año, adicionales al pago de su matrícula. Puede buscar una universidad online, pero quizá la soledad educativa no será su mejor aliado para su primera carrera. O podrá pasar cuatro o cinco horas diarias en el autobús para acercarse a las clases. Esta limitación afecta a uno de cada tres jóvenes en edad universitaria en nuestro país. En concreto les afecta a los que pertenecen al mundo rural. Es un factor más que contribuye a la brecha educativa y su consiguiente creación de talento local entre la ciudad y los pueblos.

Por otra parte, la universidad requiere cada vez más especialización y más investigación. Cada año surgen nuevas titulaciones que hace una década eran tan impensables como casi impronunciables. Y lógicamente esta investigación puntera requiere  laboratorios, tecnología y una complejidad y comunicación que no pueden ofrecerse fácilmente en el mundo rural. Parece sensato promover la ingeniería biomédica en ciudades donde exista un gran hospital o en las que se haya desarrollado una sólida industria médica. De nuevo la brecha campo ciudad se amplia. Y el campo responde. Acaba pidiendo mejores comunicaciones, más facilidades para ir a la ciudad, lo que en el fondo significa que uno se ha rendido al poder de la gran urbe. Así se crea un círculo vicioso para el campo. Todo invita a la fuga de talento. Muchos de los más capaces o audaces se van. Quienes se quedan buscan alternativas como el turismo rural, la restauración o el mantenimiento de explotaciones agrícolas muchas veces dependientes de subvenciones. Se asume, en el fondo, que el campo no es el lugar para la creatividad y la innovación. El mundo rural es tan sólo el espacio para disfrutar la paz de la naturaleza (los fines de semana sobre todo).

Sin embargo puede haber una alternativa. Es lo que han hecho países como Estados Unidos creando sus community colleges. Pequeñas facultades de grado (sin opción  a másters o doctorados) centrados en la docencia universitaria y en caso de hacer investigación, hacerla en el ámbito local y de modo aplicado. En ellos los profesores  dedican prácticamente todo su tiempo a la docencia. El establecimiento de estos “colegios universitarios” en los que se pudieran impartir carreras con bajo grado de experimentalidad científica, pero adaptadas a las necesidades locales y con un sesgo hacia el desarrollo rural, la innovación agraria, las tecnologías aplicadas, la deslocalización informática, la empleabilidad y el emprendimiento podría permitir a los jóvenes del mundo rural prescindir de la gran ciudad para su desarrollo profesional. Al menos para su inicio. Podría de algún modo devolver el orgullo de pertenecer “al campo”, de saber que no necesitamos migrar a la ciudad para emprender o vivir con calidad.

Para ello son necesarias dos cuestiones. La aprobación de la figura educativa de “Colegio universitario” a nivel nacional (y consiguientemente su transposición autonómica) y la creación de un nuevo tipo de profesor centrado fundamentalmente en la docencia ( sólo de grado). Como han puesto de manifiesto algunos artículos en los últimos días, la mitad del profesorado universitario no genera una investigación con estándares internacionales de calidad. Entonces, ¿por qué no reconocer la figura del “docente de colegio universitario” (figura similar a la antigua figura de “profesor de escuela técnica”) con su doctorado previo y su investigación pero centrada en el ámbito local y  dedicado mayoritariamente a la docencia con hasta 20 horas de clase semanales. Los colegios universitarios podrían ser públicos, pero también privados. Basta con crear legalmente la figura de “Colegio Universitario” para que no sólo universidades, sino colegios e institutos locales se planteen aumentar sus ciclos educativos. Al cargar en comparación con las universidades (que deben seguir centradas en producir investigación competitiva a nivel internacional) más docencia por profesor se reduciría el número de docentes necesarios por carrera en los “colegios universitarios”. De esto modo las matrículas serían mucho más asequibles que en una universidad privada urbana, permitiendo a los “Colegios universitarios” competir con las grandes universidades con iguales preciso pero sin crear déficits económicos para el sector público, lo que facilitaría la proliferación de éstos centros universitarios rurales en núcleos impensables hasta la fecha.

Por el precio que cuestan los desplazamientos o la vida en una ciudad, y usando los edificios nobles abandonados que no faltan en nuestros pueblos para alojar el saber, se podría comenzar a cubrir las necesidades educativas de ese tercio de la población española que aún no puede acceder a la universidad. Si el Cardenal Cisneros volviera a su Torrelaguna natal, a buen seguro miraría con gusto que a su pueblo por fin le llegara aquella universidad que trajo hace cinco siglos a Alcalá y luego a Madrid. Estaría asistiendo a la base de una revolución rural, la del conocimiento local.

Pablo Martínez de Anguita

Profesor Titular

Universidad Rey Juan Carlos

Pablo.martinezdeanguita@urjc.es