Por Virginia Noriega Martínez, Médico residente del Hospital Puerta de Hierro de Majadahonda. Máster de Bioética por la Universidad Rey Juan Carlos.

Entendiendo la ética ambiental como la aplicación de los tradicionales principios éticos y las teorías éticas a una realidad ambiental hasta ahora poco explorada, podemos hacer todo un recorrido de las distintas corrientes éticas ambientales.

Centrándonos en las dos principales tendencias, por un lado tenemos una visión antropocentrista de la ética ambiental en la que el ser humano es el centro de todo, y por tanto, la naturaleza es considerada un mero instrumento, un instrumento que es explotado por el hombre para su beneficio y donde el hombre tiene derecho absoluto a utilizar la naturaleza como moneda de cambio. Dentro de esta visión antropocentrista en la que el hombre asigna un valor instrumental a la naturaleza, surgen diferentes corrientes, como por ejemplo una interpretación individualista en la que se analizan los costes y beneficios para conseguir un mero crecimiento económico, o una visión más holística con autores como Smith. Pero, ¿la naturaleza tiene solo un valor instrumental? De ahí que surjan varias críticas hacia esta posición, con autores como Donald Scherer que habla de un valor más allá de lo instrumental.

Cabe destacar la visión más humanista en la que se habla de un valor máximo del ser humano, pero dicho valor no justifica la dominación de la naturaleza. El ser humano tiene la capacidad de la responsabilidad y por tanto, debe cuidar y respetar la naturaleza. De la responsabilidad del ser humano, surgen corrientes éticas en la que destacan autores como Jonas.

No puedo dejar de nombrar el ecologismo personalista, que sigue dando cierto valor superior al hombre, reconociendo su dignidad humana, pero de nuevo habla sobre la necesidad de cuidar y respetar la naturaleza. Aquí aparece el término solidaridad para lograr ese cuidado y respeto de la misma, poniendo como centro a la familia.

En contraposición a la visión antropocentrista, cabe destacar el biocentrismo, corriente en la que el ser humano deja de ser el protagonista para igualarse al resto de seres vivos. Dentro de esta tendencia destacan autores como Singer, con una visión más consecuencialista y su consideración de organismo moral como aquel que tiene la capacidad de sentir placer o dolor. De tendencias similares a estas, surgen conceptos como los derechos de los animales y la necesidad del bienestar animal, y brotan intereses políticos como el Proyecto Gran Simio entre otros. En definitiva, el ser humano pierde su papel de dominador de la naturaleza, igualando su valor moral al del resto de criaturas vivas.  

Tras este humilde y muy básico recorrido sobre las dos principales tendencias, es interesante hablar sobre los problemas fundamentales que se plantean a consecuencia del desarrollo de la ética ambiental, si bien, ninguno de los dos extremos anteriormente explicados nos llevan a una solución completa de la realidad. Desde mi punto de vista, el problema fundamental es el común al de los derechos humanos hoy en día… podemos llegar a un acuerdo, pero sin una fundamentación metafísica en la que hablemos del valor del ser y del valor de la vida, no lograremos una completa ética.

Sin una buena base, que hable del valor intrínseco de la naturaleza y de su relación con el ser humano, podremos llegar a acuerdos vacíos de contenido, pero no lograremos una respuesta que se ajuste a la realidad, ya que estamos dejando de lado lo más importante, el contenido.

El ser humano es el único ser capaz de asombrarse ante la naturaleza y capaz de captar la esencia y el sentido de la existencia. Para conocer primero hay que dejarse asombrar, como decía R. Carson: “ Lo que me sostendrá en mis últimos momentos es la curiosidad por lo que sigue”.1

Desde mi punto de vista, hasta día de hoy, los ecologistas tienden a buscar medidas prácticas, soluciones mecánicas como por ejemplo: reducir la contaminación, evitar la extinción de las especies, promover el reciclaje,  pero ¿y el porqué? Vivimos en una sociedad en la que nos limitamos a actuar sin preguntarnos el porqué de nuestros actos. Todo el mundo sabe que reciclar es algo bueno, pero la pregunta clave es: ¿por qué debo cuidar el medio ambiente?

Si entendiésemos bien o nos parásemos a pensar en la raíz o la base fundamental por la que debemos cuidar el medio ambiente, igual podríamos llegar a intuir el sentido de la misma y así actuar en consecuencia. En lugar de construir la casa por el tejado, si nos centrásemos en intentar comprender el contenido, actuaríamos con un sentido y no nos limitaríamos a cumplir ciertas normas simplemente porque nos indican que son buenas.

Enlazando con la importancia de la fundamentación ética de la ecología, nos preguntamos: ¿puede la religión ayudar a entender o a fundamentar la ética ambiental?

A nivel mundial, más del 85% de la población está influida en mayor o menor medida por una religión y básicamente la mayoría, por no decir todas, consideran el universo algo más allá de lo material. No es tan importante el tipo de religión, sino los códigos que derivan de ellas. Igual el uso de esos códigos nos podrían ayudar a fundamentar la ética ambiental y así “cuidar el planeta”.

La religión se entiende como algo sagrado, por tanto, se podría decir que no es muy “ético” utilizar algo sagrado como medio para cuidar el planeta, pero no consiste tanto en utilizarlo sino en comprenderlo. En el momento en que lo comprendemos somos capaces de actuar conforme a ese código sagrado, sin utilizarlo, de manera libre… Se podría decir que conociendo la religión, la llevas a cabo para lograr un bien, desapareciendo así el atributo de “utilización” de la misma.

Intentando entender si hay relación entre la religión y la ecología2, voy a centrarme principalmente en la religión cristiana, ya que es mi religión y es gracias a la cual he conseguido entender la fundamentación de la ética ambiental. Intentando relacionar ambas (la ecología y el cristianismo), es cierto que ambas parten de un hecho real; el cristiano pretende vivir conforme a lo verdadero y la ecología pretende encontrar leyes universales, por tanto ambos tienden a la verdad. El problema o drama del ecologismo es que tiene un cierre, a diferencia del cristianismo que tiende a una apertura infinita…. 

El ecologismo se podría decir que es como un muro, no nos transmite amor, tu puedes amar la ecología, que no vas a ser importante para ella. Sin embargo, el cristiano ama y recibe un amor infinito a cambio; en la medida que más ama, más amor recibe, y su forma de vida entonces se basa en la entrega a los demás, en el amor y cuidado a los demás.  Aquí está la clave: el amor y cuidado de la naturaleza que Dios ha creado, como agradecimiento de nuestro amor al Creador.

Es increíble la visión de la naturaleza a través de estas “gafas”, ver como Dios nos entrega o nos comparte su custodia, para que nosotros cuidemos de ella.

Al entender así la naturaleza, como algo sagrado, aparece una fundamentación metafísica; pero el problema desde mi punto de vista, es la situación actual de la sociedad, una sociedad que no proyecta su vida hacia arriba, hacia la grandeza infinita, sino hacia el suelo, hacia el ombligo del hombre… En el momento en el que la crisis trascendental del hombre comience a remitir, la fundamentación no solo ambiental sino antropológica comenzará a brotar de nuevo.

Quiero finalizar dando mi humilde punto de vista y mi experiencia muy personal, igual un tanto íntima, tras haber recibido el regalo de poder conocer la ética ambiental a lo largo de mi formación en bioética.

Mi visión de la naturaleza hasta hoy, se acercaba más a una visión con cierto tinte antropocentrista, no tan radical como la de ciertos autores que hemos estudiado; pero es cierto, que como médico siempre he tendido a preocuparme por el hombre, dejando a un lado, o mejor dicho, no parándome a pensar/reflexionar en la naturaleza. El mundo de la medicina, las enfermedades del ser humano, los avances científicos, nuevos fármacos, nuevas terapias… es un mundo que te absorbe… un mundo centrado únicamente en el ser humano.

Es cierto que la pregunta existencial: ¿cuál es el sentido de tu vida, como hombre?, es algo que tendemos a pensar o a plantearnos de forma más intuitiva que la de la naturaleza o el medioambiente. Hasta el momento nunca me había planteado la pregunta: ¿cuál es el sentido de la naturaleza y su relación con el hombre?, ahora me paro a pensarlo y siento hasta cierta vergüenza… ya que el hombre sin naturaleza, no es nada.

La religión es una base crucial a la hora de entender el sentido de nuestra vida, el significado de la entrega a los demás, el dar mi vida al otro, el servir a los enfermos…

Sin Dios, es muy complicado intentar comprender el sentido de nuestra existencia. Pero, ¿tiene Dios algo que decir en la  fundamentación de la ética ambiental? Obviamente, si hasta ahora no me había parado a contemplar la naturaleza, mucho menos me había planteado tal cuestión… Ha sido todo un regalo el poder descubrir lo asombroso de la naturaleza, y aún más poder intuir su contenido, con el mismo fundamento con el que nuestra vida cobra sentido.  Contemplar un árbol, cuidar los campos, respetar la vida, es mucho más sencillo si cuentas con el ingrediente básico de la fe… Igual no he conseguido aprenderme las teorías y los nombres de los principales autores de la ética ambiental, ni he conseguido plasmar lo que reflejaban en sus ideas , pero la ética ambiental me ha hecho comprender la importancia del asombro ante la naturaleza, y el regalo de poder custodiarla y cuidarla como agradecimiento de amor infinito.

Bibliografía:

  1. Carson, Rachel L.: El sentido del asombro, Madrid: Encuentro, 2012
  2. Francisco, Carta encíclica ‘Laudato si’’ sobre el cuidado de la casa común (24 mayo 2015).http://www.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papafrancesco_20150524_enciclica-laudato-si.html