Por Pablo Martínez de Anguita, director de la revista.

Recuerdo un chiste que escuché en mi infancia:

Un argentino llega al aeropuerto de Barajas y en aduanas, el policía le pregunta:

-¿Nombre?

– Ernesto Rodolfo Gardel

–  ¿Profesión?

– Bailarín de tangos – responde él, casi ofendido ante algo tan evidente.

– ¿Domicilio?

-Calle del Viento, Buenos Aires.

-¿Sexo?

– Descomunal, inmenso, impresionante, desmesurado, “desproporsionado”…

Siempre atribuí la gracia de este chiste a que los argentinos podían ser incluso más exagerados de los que somos andaluces, hasta que leí el libro “The evolution of Beauty” del profesor de ornitología de Yale, el doctor Richard O. Prum, en el cual nos muestra el curioso caso la malvasía argentina (Oxyura vittata), cuyo pene que acanza los 45 cms doblando en longitud el cuerpo de este hermoso pato lacustre de pico azul. Pero lo más asombroso no es este dato en sí, sino la explicación novedosa que Plum da para este hecho (así como para otros muchos en su obra). Si uno busca en internet el caso de la malvasía argentina encontrará muchas explicaciones: para unos es una broma de la naturaleza (quizá alguno recordará aquí el chiste del “pájaro uy uy uy” y sus problemas con los aterrizajes), para otros, la mayoría es un hecho que se debe justificar desde la teoría de la selección natural de Darwin: “Es un mecanismo de selección natural similar al de cientos de aves que portan cosas inútiles (desde la cresta de un gallo a la cola de un pavo real), y que deberían interpretarse del siguiente modo: “ si soy capaz de tener esto y sobrevivir, imagínate al dotación genética que poseo”. Sin embargo Plum, de un modo obviamente mucho más pormenorizado y científico que este artículo, compara este argumento con el de un bailarín, que aunque baile muy mal es capaz de hacerlo durante horas para demostrar su capacidad y conquistar así a su chica. En la vida real, humana y ornitológica, viene a justificar Plum, la chica se quedará con el bailarín que baile mejor, que más la encandile, no con el que ostente el Guinnes el baile más largo para demostrar su potencia en otros ámbitos.

Así Plum nos pone delante de lo que, según se avanza en su obra, se evidencia cada vez más. No existe una única fuerza evolutiva (la selección natural en el que el mejor adaptado o más fuerte transmite sus genes a la siguiente generación). Para Plum “la selección natural no es la única fuente o fuerza de diseño en la naturaleza”. Es más, Plum recoge el legado escondido de Darwin, por el cual si bien describía en su obra “El origen de las especies” el dinamismo de esta fuerza de selección natural, en la siguiente segunda obra del padre de la biología evolutiva contemporánea, la menos conocida “The Descent of Man, and Selection in Relation to Sex”, Darwin ya justificaba la necesidad de asumir una segunda fuerza paralela a la primera de selección natural: la selección sexual. Para Darwin, la preferencia sexual de la hembra es una fuerza tan poderosa e independiente para determinar el curso de la evolución como lo es la selección natural. Entonces, ¿por qué esta idea del propio Charles Darwin no ha llegado hasta nosotros? Plum explica que fue Wallace, su contemporáneo y codescubridor de la primera fuerza, (la selección natural) quien se encargó de “salvar a Darwin de sus propias teorías” haciendo que los científicos desde la época victoriana hasta ahora, en su mayoría hayan desechado la revolucionaria idea de la autonomía cognitiva de las hembras, y su capacidad autónoma para decidir sobre su emparejamiento sin estar condicionadas totalemente con las características propias de la supervivencia, y por lo tanto basadas en un criterio autónomo, es decir en lo que ella quiera, en lo que le atraiga, en una palabra, en lo que podríamos llamar el propio gusto o sentido estético de la hembra. El resultado es que hoy en día, todo lo que no se justifique por la primera teoría de Darwin, parece eso… una broma de la naturaleza. Llegados a este punto es probable que el 90% de los biólogos evolutivos estén molestos con este artículo, pues en el fondo implica negar la exclusividad del único postulado en el que se han basado para justificar su trabajo. Esto está bien. Invito a leer el libro de Plum si este es el caso. Para eso sirve este artículo de divulgación entre otras cosas, para dar a conocer y remitir a las fuentes. Quien quiera negar este postulado tendrá dos opciones, pues así funciona la ciencia: Frente a un descubrimiento nuevo y justificado, como es el caso de Plum, tendrá que explicar en que se equivoca (prepárese el crítico a enfrentarse a un libro nominado por el New York Times como uno de los 10 mejores del mundo en 2017), o agarrarse al dogmatismo (ya sea ideológico, científico o religioso), que suele ser el hijo más peligroso del miedo.

Para quien se halla perdido, explicaré la potencia del trabajo de Plum. Cuentan las leyendas que Newton andaba cuidando las ovejas aislado en su casa de campo de Woolsthorpe Manor debido a una epidemia de peste que obligó a cerrar su universidad de Cambridge (miren si pueden llegar a ser productivos los encierros que estamos viviendo como éste por la actual pandemia de coronavirus) cuando su madre desesperada vio que las ovejas andaban dispersas por el monte a la hora de recogerse.

  • ¡Isaac! – le gritó desconsolada a aquel joven genio con síntomas de Aspergen- . ¿Se puede saber a qué te dedicas? Las ovejas están desparramadas por el campo.
  • Es que se ha caído una manzana – le respondió Newton.
  • Hijo – le contestó su madre al borde de la desesperación – Toda las cosas se caen.

Pero Isaac Newton seguía absorto mirando al cielo atardeciendo.

  • No, mamá.. todas las cosas no, mira la luna… ella no se cae.

La madre volvió a casa aceptando la genialidad de su hijo aún sin entender el misterio que había desentrañado aquel todavía joven Newton. Aquel científico absorto que se definió a sí mismo como “un niño pequeño que, jugando en la playa, encontraba de tarde en tarde un guijarro más fino o una concha más bonita de lo normal, mientras el océano de la verdad se extendía, inexplorado, delante de él,” nos cambiaría el mundo. Newton había empezado a poner los cimientos de la autonomía de fuerzas en el universo. Había encontrado la fuerza de gravitación universal ( la que hacía caer la manzana con una fuerza proporcional a las masas relacionadas e inversa a sus distancias), a la que en el caso de la luna se le oponía una fuerza centrípeta ( la que hacía que la luna siguiera en movimiento sin caer debido a su velocidad). Luego, más genios de la humanidad descubrirían otras fuerzas adicionales y autónomas: la electromagnética, la nuclear fuerte y nuclear débil.

Pes bien, si Plum está en lo cierto, hasta ahora, todo lo que hemos querido justificar evolutivamente se ha basado en una solo fuerza, la selección natural. Pero, ¿y si existiera como dice él una segunda, y quién sabe si otras que podamos encontrar en el futuro? Plum tiene una: Su hipótesis es que la “Belleza sucede”. Revolucionario ¿verdad? El libro de Plum justifica fundamentalmente que lo que hace evolucionar al mundo es este ideal estético presente en los animales, al menos en los más evolucionados como son las aves (cada cual con su criterio de belleza propio). Esto explica para Plum los increíbles pasos de baile de los manakines para seducir a las hembras, los hermosos cortejos nupciales  de los somormujos, e incluso el macropene de los patos, pero con un argumento diferente al de la selección natural. Algunos científicos afirman que el pene (capaz de alongarse en 3,6 décimas de segundo hasta en el caso de la malvasía duplicar el tamaño del ave, ríanse Ustedes del Viagra) está hecho para limpiar el esperma previamente depositado por el anterior en la hembra. Basados en este postulado se podría decir que el que tenga el pene más largo es el ganador. Sin embargo Plum explica los mecanismos que la hembra tienen para guardar el esperma de su pato favorito, del que ella libremente eligió: si el pene se multiplica haciendo una espiral en sentido horario, la vagina de la hembra está dispuesta en sentido antihorario impidiendo, salvo que ella lo desee, la fecundación. Es decir, esta extraña desproporción en los patos (a diferencia de la mayor parte de aves que generalmente carecen de pene y se reproducen a través de lo que se llama el “beso cloacal”, es decir a través del contacto de sus aparatos genitales sin apenas penetración) es fruto de una serie de circunstancias (la falta de territorialidad de los patos macho, el hecho de que el cuidado de la prole recaiga excluisvamente en la hembra por seguridad ante el vistoso plumaje del macho, entre otros…) que hacen que los patos ociosos acaben juntándose en «manadas» para fecundar contra su voluntad a una hembra rodeada por ellos. Pero la hembra sabe a quién ha elegido, y la propia evolución que ha alongado el pene masculino le ha dado a ella una vagina selectiva y controlable a voluntad para impedir la “intromisión fecundativa” del pato “violador” como el mismo autor lo llama justificando este apelativo. ¿Por qué todo este gasto energético en la hembra? Porque no dejar la reproducción al más dotado. Porque – justifica Plum-, su elección es importante. Tan importante como para la hembra del pavo juzgar al macho que más le gusta por unas cualidades como los colores de su cola autónomas a veces incluso opuestas a la capacidad de supervivencia del macho, como sucede con el saltarín alitorcido de Ecuador (Machaeropterus deliciosus) cuyas alas han perdido agilidad en el vuelo a cambio de “tocar el violín” con ellas para encandilar a la hembra…. Sí, como suena… ¿no es increíble?

Si todo esto es así, Plum saca una conclusión: Este mundo es cada día más bello por la autonomía que tienen las hembras para seleccionar al macho más atractivo. En otras palabras, no es el mejor dotado el que “se lleva el pato al agua”, y transmite su descendencia sino el que la hembra prefiere por algún mecanismo adicional e independiente a la selección natural en función de las características corporales o vinculadas a la supervivencia de los genes del macho. Se queda con el que más le gusta… La pata tiene su propio sentido de la belleza más allá de quedarse con el más poderoso.

Ya lo cantaban María Jiménez y “La Cabra Mecánica”:

Tú que eres tan guapa y tan lista

Tú que te mereces, un príncipe, un dentista, ¡tú!

Te quedas a mi lado

Y el mundo me parece

más amable, más humano, menos raro

Así afirmaba también Charles Darwin como el mundo es cada día más bello: “Hay grandeza en esta concepción de que la vida, con sus diferentes facultades, fue originalmente alentada por el Creador en unas cuantas formas o en una sola, y que, mientras este planeta ha ido girando según la constante ley de gravitación, se han desarrollado y se están desarrollando, a partir de un comienzo tan sencillo, infinidad de formas cada vez más bellas y maravillosas”. Hoy Richard Plum nos acerca a comprender un poco más el cómo es posible que cada vez que el planeta gira, la vida tiende no sólo a ser más diversa, sino más bella. Plum nos enseña entre otras muchas cosas (pues no deben dejar de leer su libro) que la libertad de la hembra para elegir está en la base de este belleza. A lo que entiendo yo que hay que añadir otro factor: la diferenciación sexual. La preferencia de la hembra se basa en el atractivo del macho. Esta dicotomía macho-hembra, en la que el macho es muy diferente a ella en colores, comportamiento y hábitos, atributos que me atrevo a llamar su masculinidad, frente a los de ella -su feminidad-, está en la base de la base de poder elegir su canon de belleza. Sin esta dicotomía complementaria sexual (a pesar de sus excesos como el de los patos con la pobre pata cuyo comportamiento sería digno de la carcel en nuestro mundo humano) no hay encanto. La evolución de la belleza y el encanto de este mundo, se basa en la diferencia de lo masculino y lo femenino, gracias al cual, y a través de la libertad de elección de la hembra, la belleza, el cuidado común de la prole y el éxito reproductivo, o la exuberancia de 10.000 especies de aves diferentes se abren paso.

Este libro cambiará muchas de nuestras concepciones previas. Quizá no solo la biología evolutiva tenga mucho que aprender de la ornitología, sino también por ejemplo, algunas concepciones contemporáneas de un feminismo igualitario que llegan a negar esta diferenciación femenino- masculino, ese encanto que produce la belleza de este mundo.