Tras una década de lucha, el lince ibérico o Lynx pardinus especie endémica de la península ibérica ha sobrevivido a su propia extinción. El trabajo por preservar la especie comenzó en 2002 cuando en el censo tan solo constaban 94 ejemplares vivos.

Gracias al trabajo de la Unión Europea junto al Gobierno y las ONGs, esos 94 son ya más de 650, según el censo de 2019. Salvar al lince es y era una de las prioridades medioambientales del país debido a su importancia en el hábitat mediterráneo. Este felino por su naturaleza depredadora ejerce un control sobre especies como el meloncillo o el zorro que se alimentan como el lince del conejo de monte.

Para preservar la especie se desarrollaron programas de crías en cautividad. En estos espacios se introducía al lince en un hábitat lo más aproximado a su entorno natural. El objetivo era el de aumentar el número de ejemplares. Life Liberlince, como se conocía este programa, estaba compuesto por una red de cuatro centros interconectados para tratar de recuperar la especie. Para poner en marcha este plan las administraciones españolas y el fondo europeo aportaron cerca de 100 millones de euros. Gracias a esto, el lince ha pasado de ser una especie en “peligro crítico” a “peligro” y si la situación sigue evolucionando de forma favorable a mediados de la próxima década se considerará como una especie “vulnerable”, un avance que hace patente el trabajo realizado durante esta década.

Un avance donde la sociedad ha ido siendo más consciente de la importancia de este animal, la situación avanza positivamente, y el objetivo actual es fortalecer las conexiones realizadas durante este período con el fin de expandir la especie hacia otras zonas de la península.