M. Carmen Molina. Universidad Rey Juan Carlos – Comisión Diocesana de Ecología Integral (Madrid)

Hace ahora una década, Keesing y colaboradores publicaban, en la prestigiosa revista Nature, un trabajo que establecía relación entre la emergencia y transmisión de enfermedades infecciosas y la biodiversidad. En el trabajo se concluía que preservar los ecosistemas intactos y su diversidad endémica debería reducir la prevalencia de enfermedades infecciosas. Aunque las zonas de alta diversidad pueden ser un reservorio de patógenos, son también un sistema de contención y “tamponamiento”, mientras que, en los ecosistemas que han perdido rápidamente su diversidad, aumenta la transmisión de enfermedades. Esto se debe a que las especies que tienden a desaparecer primero, son aquellas que son más efectivas en reducir los índices de transmisión de enfermedades, mientras que las que sobreviven, suelen ser aquellas que aumentan la transmisión. No se sabe por qué. Obviamente, establecer una relación directa entre la pandemia provocada por el coronavirus (2019 nCoV) y la pérdida de biodiversidad es difícil de demostrar, pero al menos merece una reflexión.

Jones y colaboradores (2008) también en Nature, subrayaban que a lo largo de las cuatro últimas décadas, más del 70% de las infecciones emergentes han sido zoonosis, es decir, enfermedades infecciosas animales transmisibles al ser humano y en su mayoría, procedentes de animales salvajes. Incluso elaboraron un mapa de las zonas geográficas más probables como focos de infección. China e India son algunos de ellos. Sin embargo,  el tráfico ilegal de especies exóticas mueve miles de millones de euros anualmente. Algunas especies del grupo de los pangolines, parecen ser huésped intermediario del coronavirus y el transmisor de esta enfermedad a los humanos (Cyranoski 2020). Los chinos utilizan las escamas y la carne para el consumo y en medicina tradicional.  Las leyes de China, establecen penas de más de diez años de cárcel para quienes trafiquen con pangolines puesto que, además, algunas de las especie están en peligro crítico. A pesar de ello, los pangolines son algunas de las especies con las que más se trafica.

Según la base de datos Scopus, la primera vez en que se mencionó en la literatura el concepto de “pecado ecológico” fue en un artículo que analizaba consideraciones ecológicas en la Torá, confirmando que las agresiones a la naturaleza tiene rango de pecado. Huttermann (1991) subrayaba en este artículo, que las consecuencias de estos actos se traducirían en “castigos de la naturaleza”. Sin ponerme apocalíptica, el refrán castellano lo refleja incluso mejor: “el que escupe al cielo, en la cara le cae”. El ibex35 se desploma, los hospitales se colapsan y el número de muertes continúa. Hoy, al cierre, la imagen de los supermercados era desoladora.  Presas todos del pánico y la histeria se habían agotado las existencias de comida (plastificada o no). Ahora tenemos las neveras a rebosar y estamos tranquilos en nuestra trinchera. Sin embargo, sin el coronavirus en escena, los hogares generaban el 53% del desperdicio total de alimentos en Europa y la huella de carbono promedio del desperdicio de alimentos es de aproximadamente 500 Kg de CO2 equivalente por persona al año (Racz 2018). No es difícil imaginar donde irá a parar gran parte de ese excedente de comida hogareña. Ojala tengamos presentes algunos consejos de Francisco en Laudato si’: no cocinar más comida que la que se va a consumir y ser agradecidos antes de comer (LS 211). Si al menos podemos hacer esto, estamos en el camino.

Mientras pasa lo peor, no estaría de más que reflexionáramos un poco sobre nuestros actos y sus consecuencias  a corto, medio y largo plazo. Como diría mi abuela: “el purgatorio está lleno de ignorantes”.