Gerald Durrell me cautivó un año antes. Y si bien mi primer cuaderno de campo se inicia el 14/4/1984 en una playa de Cantabria, la pasión por la naturaleza venía muy de antes de contar con quince años, seguramente de aquellas excursiones familiares a Gredos. Engramas que, ya en la primera página de aquella libreta, se manifestarían en dibujos de lo que un adolescente empezaba a apreciar, retener y querer plasmar. Ahora que las repaso, me sorprende cuán amplias eran mis anotaciones en esa inflama juvenil de querer abarcar toda la Zoología. En 1985, al menos dos sucesos me decantaron por centrar mi atención en los escarabajos; casi coincidiendo con Charles Darwin, en su valoración de los coleópteros como obra elegida (por su diversidad) en la Creación. Uno fue el regalo de dos preciosos ejemplares por parte de mi gran amigo colegial Martin. Otro, el hallazgo de un espléndido longicornio en una estival tarde de pesca en mi Cantabria. Y coincidentemente, se amplió mi interés de la taxonomía al comportamiento. Entretanto, pasaban los años y me esforzaba más en ilustrar lo que veía.

Obviamente acabé doctorándome en Ciencias Biológicas. En aquellos años universitarios me cautivaron los estudios etológicos que desarrollábamos en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, que exigían apuntes ilustrativos día a día. Paralelamente, no había fin de semana que no asistiera a la llamada del monte; rellenando luego libretas de notas y dibujos. En aquellos años tuve ocasión de ilustrar tres volúmenes de Fauna Ibérica (del citado museo) y multitud  de trabajos. Paralelamente llevaba otra serie paralela de cuadernos; en los que plasmaba el desarrollo de otros escarabajos que criaba en la ducha de mi dormitorio… pobre madre mía.

            Lecturas y viajes me llevaron a pasar del blanco y negro al color, allá por 1997. Comenzando por códices medievales, siguiendo con la fauna mayor (vertebrados) y embelesándome en el arte románico. Varias exposiciones que no eran sino kilómetros del pincel al pocillo. Las memorias de José Antonio Valverde (gran biólogo heterodoxo) y otras magnas obras me harían comprender que no podemos deslindar el paisaje de la historia; el entorno de la fauna y flora. Que luego profesara como docente en una Universidad nada aporta, sí las siguientes reflexiones.

            Patear el románico me hizo levantar la vista del suelo (buscando escarabajos) al cielo (buscando espadañas). Y en aquellas torres observaba cigüeñas o halcones; una doble motivación. En sus capiteles y canecillos me absortaban tantísimos detalles, fascinándome aquellos faunísticos esculpidos. Será por tanto entrar en iglesias románicas cuando comprendí que en todas ellas es Dios quien baja al hombre; el alzado y aperturista gótico es otro paso, que también me gusta a fuer de no ser arquitecto. En el románico (como también en el mozárabe), los maestros canteros se esmeraron en tallar didácticamente tanto escenas bíblicas como especies animales y vegetales; una suerte de maestros en ayudar a esa bajada de Dios a la humanidad. Son templos enciclopédicos en piedra; también en la pintura ya muy desaparecida en la mayoría de ellos. Y andar entre vetustos cercados de piedras, entre bárcenas y colladas, me hacía pensar qué clase de fuerzas históricas habían modelado de tal forma aquel paisaje. A modo de ejemplo mozárabe recuerdo Santa María de Lebeña (en Cantabria, cómo no). Una magnifica iglesia en la que su matrimonio fundador plantaron dos árboles que aún perviven: ella trajo un olivo, él un tejo. Una lección histórica y hermosa de cuando los cristianos del sur encontraron acogimiento en los del norte.

Epilogando, dos valores en esta querida España se nos muestran a cualquier paseo campestre que demos. El patrimonio histórico y el natural. Y ambos han coevulucionado a lo largo de cientos de años. Cuando algún foramontano -hace siglos-, emprendió su parte de la reconquista, comenzó a modificar el paisaje y a dar nuevas oportunidades de un medio sostenible. Lechuzas en aquellas espadañas, ratoncillos en los campos godos, transhumancia, dehesas,… ¿Cómo no enamorarse de tanto suelo, patrimonio e historia? La ingente biodiversidad de la Creación por descubrir en cada rincón de tan variados paisajes, muchos resultantes de la antrópica modulación. Vuelvo a Durrell, a su «Mi familia y otros animales», al servicio de mi dormitorio o a cualquier alcorque en el que brotan plantas. Admirar esa diversidad no exige primariamente -pues- irse a recónditas montañas o acantilados. Cada cual, luego, optará por buscar un paraje en el que concurran valores históricos y naturales.

Y por acabar. Por qué pintarlo, si hoy en día contamos con fotografía de máxima definición. Cómo pintar todo aquello. Pintar o ilustrar permite reflejar todos los detalles que se dispersan en una serie de fotografías. No hay guía de campo (de referencia) que se siga editando que no opte por la ilustración. Y si queremos reflejar un capitel, ¿podría la fotografía plasmar toda su curvatura y relieves con máximo detalle? En cuanto al cómo, es claro que juegan la habilidad y disparidad en los medios, los estilos y –sobre todo- la libre interpretación. Un mismo motivo ofrece tantas visiones como elenco de observadores. Quisiera hacer una observación final. Una fotografía es un instante más que efímero. Un boceto en el campo es ya un momento de contemplación, en el que te sorprende la luz, el entorno, la magia del momento. Y si sobre ese boceto (en casa) desarrollas una pintura, estarás recreando el cúmulo de impresiones que abrieron tus pupilas e hicieron caer el bocata de ese momento inolvidable.

       Texto e ilustraciones del Doctor Jesús Romero Samper